15 ene. 2012

Con gafas de sol

En el exilio de su escalera me dí de bruces con tu cicatriz. No me saludó. Ni yo a ella, todo hay que decirlo. Pero nos miramos. Como se mira a alguien que conociste y te importó. Y no ha dejado de hacerlo, porque nunca lo hacen. Aunque ya no de la misma manera, claro.

Al doblar la esquina su cuello se me antojó de plastilina, y su mirada de agua. De pronto me ahogaba, como cuando una ola te pilla desprevenida y te atrapa, y ya no hay manera. Y te dejas, hasta que encuentras el aire al que agarrarte para no seguir dando vueltas en su espiral rizada...

Salí a la calle con el pelo aún chorreando agua salada, en Madrid, y me lo recogí; me anudé los extremos de la camisa blanca, entonces transparente y me puse el abrigo. Las gafas de sol se las quedó ella, yo no quería pero no lo pensé mucho y cedí, las necesitaría más que yo. Sin mediar palabra, allí estábamos ella y yo, pretendidas desconocidas.

No todas las cicatrices pueden presumir de llevar gafas de sol y no llamar la atención.


14 ene. 2012

Zumo de membrillo

Empezar por el principio no está tan mal... aunque no fuera lo habitual. Aunque nunca lo hubiera probado. Las primeras veces siempre llegan, tengas la edad que tengas, y que sigan llegando...

Terminar por el final tampoco era lo que acostumbraba. Nunca ponía el último punto al último renglón, con la firme expectativa de que, en algún momento, por sí mismo, se doblara y (des)doblara, de forma tal, que le diera la vuelta a la historia.
Como si ese espacio último, carente de punto, fuera el correlato esencial de la primera letra del principio.

De principios, finales y problemas con los puntos varios.

13 ene. 2012

Bucles certeros

De los imperecederos bucles de otro tiempo, de esos de los que surgían aquellas ideas oscuras, intensas, fuertes. Certeras.
De las sonrisas que se alargaban, se estiraban en público, encadenándose las unas con las otras, desconocidas, haciendo cosquillas sin tocar, haciendo temblar sin llegar a saber a ciencia cierta los porqués de aquellas poco acertadas chispas, que le quemaron las medias por dentro tanto tiempo...
De todos aquellos folios que les recogían el testigo, de los besos al vuelo de otros.
De los paseos a solas, 
sin música, sin sentir, sin querer.
De todo lo que un día parecía que sería (y no fue).

De eso, llevaba repleta su mochila. La que dejó en aquella estación a la que no volvió. Porque si algo no  iba a probar era eso: pasar por la misma estación sin seguir de una a otra, con todas las que hay aguardando sus pasos, eso sí que no. Decididamente no tenía tiempo.

Afortunadamente tenía otras mochilas para llenar, olvidar y perder.
Voluntaria o involuntariamente.

11 ene. 2012

Los mejores cinco minutos del día

Latían como corazones enchufados, cuando recargan sus baterías. Juntos pero más separados de lo que se pueda llegar a esperar, a suponer, entre las mismas sábanas. El uno al lado del otro. El otro más lejos del uno que nunca.

Las ruedas del coche en el que viajaban apenas rozaban el suelo; lo lamían despacio, como si quisieran evitar a toda costa que despertara de su letargo. Y ellos con él.
No querían despertar. Como si de esos cinco minutos de más, de siempre, los mejores del día, dependiera todo lo demás, como si fueran los que les arrebataran, paradójicamente, el sentido a su paso y su paseo. Silente y delicado. Dulce y leve.
Como si a cada caricia se les escapara el aire que habían reservado por si acaso, como si esos fueran los últimos golpes de viento que estaban dispuestos a dejar ir; los únicos que dejarían entrar. Y volver.
Las pestañas se les agolpaban como respuesta al sueño que apretaba sus tuercas. Y el mecanismo entero se tambaleaba. A la sombra. Junto al puerto.

Pero latían, y tal vez por eso, sólo por eso, se desenchufaban, para comprobar que, sin corriente, como con ella, no dejarían de hacerlo.

7 ene. 2012

Seguir volando

El runrún de la lavadora se le metió por entre las pestañas, estuvo cerca del cortocircuito al entrar en contacto con el de su cabeza. La piel deshojada, rasgada, a un adiós de decir basta. Su vida en un barquito de papel, en aquellas aguas, ligeras, enredadas, furiosas. Y ella, a punto de nieve. El merengue amenazaba su entereza. Subrayaba sus abismos y limaba las esquinas de sus cuadrados dibujados por doquier. En el aire, en sus brazos y pies.

No tenía, ni quería, ni sabía si podía pero lo haría. Las cosas no vienen solas, solía creer, vienen con amigos. Y nunca lo hacen sin motivo. Siempre tienen alguno guardado en su manga. Aunque no lo digan,  aunque se tapen la boca, o se la dejen tapar. Y esta vez no sería la excepción. Saldría al escenario y trataría de dar las volteretas justas. Ese era el plan. Tramado hasta su último espacio, silencio y hasta esa parada cortita para reciferar y replanear ciertos puntos y seguido.

A ella no la iban a engañar. Otra vez. Y lo sabía. Él también lo sabía, pero siempre hay que probar. O eso solía creer.

En el encuentro no faltaron aquellos viejos fuegos artificiales. Ni sueños por venir. No faltaron silencios ni ruidos injustificados. Como aquel encuentro mismo.
Las miradas con casco y rodilleras desde el minuto cero, desde antes de saber que volverían a cruzarse ya habían mirado a otra parte por si acaso, por si en un descuido, les volvieran a enganchar. Su vida, en el barquito, a la deriva durante alrededor de 50 minutos. Los más largos de sus días. O eso le pareció.

Le pesaban los recuerdos, las palabras congeladas en cápsulas, una al día, ni una más. Los riesgos gélidos de su abrazo. Los miedos entrecortados con sus respiraciones. Rítmicas, absurdas, paradójicamente sincronizadas con las de él.

Decidió hacerse al mar y retomar su travesía con un kilo de menos en sus retinas y millones de razones para volar. Para seguir volando.

Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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