7 ene. 2012

Seguir volando

El runrún de la lavadora se le metió por entre las pestañas, estuvo cerca del cortocircuito al entrar en contacto con el de su cabeza. La piel deshojada, rasgada, a un adiós de decir basta. Su vida en un barquito de papel, en aquellas aguas, ligeras, enredadas, furiosas. Y ella, a punto de nieve. El merengue amenazaba su entereza. Subrayaba sus abismos y limaba las esquinas de sus cuadrados dibujados por doquier. En el aire, en sus brazos y pies.

No tenía, ni quería, ni sabía si podía pero lo haría. Las cosas no vienen solas, solía creer, vienen con amigos. Y nunca lo hacen sin motivo. Siempre tienen alguno guardado en su manga. Aunque no lo digan,  aunque se tapen la boca, o se la dejen tapar. Y esta vez no sería la excepción. Saldría al escenario y trataría de dar las volteretas justas. Ese era el plan. Tramado hasta su último espacio, silencio y hasta esa parada cortita para reciferar y replanear ciertos puntos y seguido.

A ella no la iban a engañar. Otra vez. Y lo sabía. Él también lo sabía, pero siempre hay que probar. O eso solía creer.

En el encuentro no faltaron aquellos viejos fuegos artificiales. Ni sueños por venir. No faltaron silencios ni ruidos injustificados. Como aquel encuentro mismo.
Las miradas con casco y rodilleras desde el minuto cero, desde antes de saber que volverían a cruzarse ya habían mirado a otra parte por si acaso, por si en un descuido, les volvieran a enganchar. Su vida, en el barquito, a la deriva durante alrededor de 50 minutos. Los más largos de sus días. O eso le pareció.

Le pesaban los recuerdos, las palabras congeladas en cápsulas, una al día, ni una más. Los riesgos gélidos de su abrazo. Los miedos entrecortados con sus respiraciones. Rítmicas, absurdas, paradójicamente sincronizadas con las de él.

Decidió hacerse al mar y retomar su travesía con un kilo de menos en sus retinas y millones de razones para volar. Para seguir volando.

2 comentarios:

Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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