29 dic. 2012

No es lo mismo sin tilde

Tíldame de lo que quieras.
Que mi si es anárquico.
Y no se piensa posicionar.
, es su última palabra.

2 nov. 2012

Felicidad

La felicidad es un estado ajeno a ciertas circunstancias.
Cuando eres feliz, tienes una razón para serlo.

El resto, para ese entonces, da exactamente igual.

28 oct. 2012

You win


Llevas mucho tiempo
jugando a provocarme 
para que te provoque
y he cedido.

Tú ganas.

15 oct. 2012

Respuestas

Yo . Y tú no.
Ahí, justo en el medio de los dos, en el punto y seguido, encontrarás las respuestas a todas tus preguntas.

12 jul. 2012

El premio

- ¿Vamos a hacer algo este verano, otoño o invierno?
- Sí, algo. Seguro que sí. A invierno no llegamos así... La primavera, como mínimo, tenemos que alcanzarla para ganar el premio.
- Es verdad. Aguarda, sé paciente y confía. Nada pasa porque sí. El viento no mueve las veletas sin un plan previsto. Nunca. Ni las olas se enfurecen porque sí. Saben que la bandera roja es su premio y se preparan, constantes, durante la calma, para desatarse después, e ir a por todas.
- Ya, pero tú y yo no somos como el viento, ni las olas. Más bien somos campo abierto. Hacemos todo sin pensar.
- Si lo miras bien, el campo no es así fortuitamente... Ni el latir del tiempo en nuestras muñecas, creándonos la necesidad de ir con prisa, paradójicamente, a pesar de saber, a ciencia cierta, que termina. En lugar de dejarnos vivirlo con calma, como mejor sale todo. Como en la buena cocina, paciente y mimada.
- ... El sueño recurrente de no soñar, de que no soñamos ya se me posa en la almohada y entre la manta y la tela blanca del pijama corto, de verano. Las canciones que suenan por dentro son más pegadizas. Hablan siempre de lo mismo. De cuánto esperamos esperar. Pero nunca de cómo es en realidad la espera. De qué se nos pasa por nuestras cabezas o de la velocidad con que cambian las percepciones. Un click por dentro basta para que seamos y los demás sean otros... Y todo quede en nada. Y el tiempo vivido con prisa pierda, aún más, si cabe, el sentido. Por su propia condición de caducar. Y el premio se declare desierto.

Click.

21 jun. 2012

Amor de vagón

Se miraban cómplices, como si sólo fuera uno. Como si en el medio de ambas imágenes, distintas, pertenecientes a uno solo, la única barrera fuera un espejo intangible, invisible a cualquier mortal (estándar).

Cuarenta años asistiendo en solitario a sus (mismos) trucos de magia en público, y conservaba intacta la emoción primera.

Adolescentes tardíos que rezumaban pasiones efervescentes, se contagiaban virales, infantiles, intensas, al resto del vagón.

Al bajarse, la sensación general era de un calor indescriptible, extraño; y las hormonas, por las nubes.

9 may. 2012

De ahorrar

Se le gastaron las palabras.
El resto del mes por delante
para enmudecer de pena
ante la impasible mirada de las conversaciones que,
a su paso, 
le intentaban seducir.

Las manos repletas de cosas que
llegaban directas
a otro lugar
diferente al habitual.

Escuchar cómo
algunas de ellas
se iban por dónde
habían venido
le estremecía el oído izquierdo.

El próximo mes se organizaría mejor
se decía.
Como cada mes.


Sobre la mesa


Ondulantes temperaturas sobre la mesa
carente de cartas
esta vez
donde sólo se había posado
su mirada
de ojos 
azul-insomne.
Frío en su espalda
Habitación vacía
Y en la ventana
solitaria
Se debatían el último asiento
la lluvia
y el rugir del mar
Dos formas de ver
de
sentir que
juntas 
paraban el sonido del cristal
Sin necesidad de hablar
Exponían todos sus centímetros
de piel
al flujo
imparable
de ideas
maduras
sin decir

16 abr. 2012

Del fluir

Estar a la deriva es el riesgo que entraña el fluir. La clave es pillarle el ritmo a las olas.

15 mar. 2012

Un día

Viniste al final sólo para retirarme el pelo de la cara mientras miraba hacia abajo.
Sólo para darme la mano cuando el vértigo hizo el resto.
Sólo para besarme dulce y suavemente la comisura de los labios.
Para morderme el cuello.

Viniste sin maletas para quedarte.
O quizás eso fue una conclusión sólo mía.
Viniste para verme mirar(te). Estoy convencida.

Viniste para dibujarme las cosas que no entendía.
Para subrayarme las partes menos importantes,
las que siempre se me escapan antes de que consiga alcanzarlas
y quitarle las máscaras.

Viniste un día.
Para sacarme los colores.
Para sacarme fotos.
Para sacarme lo que no me había(s) sacado aún.

Para saquearme los últimos atisbos de confianza
que sobrevivieron a la última revolución.
A la última masacre.
A la sangre de versos sin pluma.
A la voz de aquella garganta, seca y sin piedad.
Al humo de cigarrillos, de incienso.

Viniste para (no) decirme que te ibas.
Para (no) decirme adiós.
Por eso (no) podías dejar de venir.
Ni yo de verte llegar.
                 
(Todavía) espero el día en que te irás.
Con una espesa capa de bruma
para no verte venir
una vez más.
Con el arcoiris puesto
entre mis pestañas y lo demás.
Como señal de aviso.

Sólo dejaré que vengas
para continuar,
de lo contrario,
(por mi)
Te puedes quedar
donde (no) estás
hace tiempo.


8 mar. 2012

Certezas de media noche

Resurgiré.
Resurgire(mos).

Redundancias recurrentes

Jugamos a irnos
para volver a volver.

[Siempre] estamos volviendo.

6 feb. 2012

Latidos mojados

Me pillas con el corazón empapado, 
para serte franca.
Sécamelo, 
pero sin pasarte.
Bésame, 
pero sin tocarme.
Y luego ya... 
Podemos negociar el resto.

Sal corriendo, 
pero antes déjame un post-it, 
para no perder el tiempo pensando 
si te habrás ido
O si te has vuelto a esconder
Debajo de la cama
No pienso buscarte.

Llámame, 
pero a horas intempestivas
Proponme planes
(in)decentes
Hazme trucos
de magia
Y apágame la luz 
cuando me vaya a dormir
y, para ese entonces, 
el interruptor
me pille demasiado lejos.

Relléname 
el vaso 
de agua 
de la mesilla
indemne
cada noche el mismo. 
Que cada mañana, 
al levantarme 
sea otro distinto.

Si consigues hacer todo esto, 
y quieres quedarte, 
quédate, 
pero 
tendrás que acostumbrarte
al agua, 
latiendo fuerte.

15 ene. 2012

Con gafas de sol

En el exilio de su escalera me dí de bruces con tu cicatriz. No me saludó. Ni yo a ella, todo hay que decirlo. Pero nos miramos. Como se mira a alguien que conociste y te importó. Y no ha dejado de hacerlo, porque nunca lo hacen. Aunque ya no de la misma manera, claro.

Al doblar la esquina su cuello se me antojó de plastilina, y su mirada de agua. De pronto me ahogaba, como cuando una ola te pilla desprevenida y te atrapa, y ya no hay manera. Y te dejas, hasta que encuentras el aire al que agarrarte para no seguir dando vueltas en su espiral rizada...

Salí a la calle con el pelo aún chorreando agua salada, en Madrid, y me lo recogí; me anudé los extremos de la camisa blanca, entonces transparente y me puse el abrigo. Las gafas de sol se las quedó ella, yo no quería pero no lo pensé mucho y cedí, las necesitaría más que yo. Sin mediar palabra, allí estábamos ella y yo, pretendidas desconocidas.

No todas las cicatrices pueden presumir de llevar gafas de sol y no llamar la atención.


14 ene. 2012

Zumo de membrillo

Empezar por el principio no está tan mal... aunque no fuera lo habitual. Aunque nunca lo hubiera probado. Las primeras veces siempre llegan, tengas la edad que tengas, y que sigan llegando...

Terminar por el final tampoco era lo que acostumbraba. Nunca ponía el último punto al último renglón, con la firme expectativa de que, en algún momento, por sí mismo, se doblara y (des)doblara, de forma tal, que le diera la vuelta a la historia.
Como si ese espacio último, carente de punto, fuera el correlato esencial de la primera letra del principio.

De principios, finales y problemas con los puntos varios.

13 ene. 2012

Bucles certeros

De los imperecederos bucles de otro tiempo, de esos de los que surgían aquellas ideas oscuras, intensas, fuertes. Certeras.
De las sonrisas que se alargaban, se estiraban en público, encadenándose las unas con las otras, desconocidas, haciendo cosquillas sin tocar, haciendo temblar sin llegar a saber a ciencia cierta los porqués de aquellas poco acertadas chispas, que le quemaron las medias por dentro tanto tiempo...
De todos aquellos folios que les recogían el testigo, de los besos al vuelo de otros.
De los paseos a solas, 
sin música, sin sentir, sin querer.
De todo lo que un día parecía que sería (y no fue).

De eso, llevaba repleta su mochila. La que dejó en aquella estación a la que no volvió. Porque si algo no  iba a probar era eso: pasar por la misma estación sin seguir de una a otra, con todas las que hay aguardando sus pasos, eso sí que no. Decididamente no tenía tiempo.

Afortunadamente tenía otras mochilas para llenar, olvidar y perder.
Voluntaria o involuntariamente.

11 ene. 2012

Los mejores cinco minutos del día

Latían como corazones enchufados, cuando recargan sus baterías. Juntos pero más separados de lo que se pueda llegar a esperar, a suponer, entre las mismas sábanas. El uno al lado del otro. El otro más lejos del uno que nunca.

Las ruedas del coche en el que viajaban apenas rozaban el suelo; lo lamían despacio, como si quisieran evitar a toda costa que despertara de su letargo. Y ellos con él.
No querían despertar. Como si de esos cinco minutos de más, de siempre, los mejores del día, dependiera todo lo demás, como si fueran los que les arrebataran, paradójicamente, el sentido a su paso y su paseo. Silente y delicado. Dulce y leve.
Como si a cada caricia se les escapara el aire que habían reservado por si acaso, como si esos fueran los últimos golpes de viento que estaban dispuestos a dejar ir; los únicos que dejarían entrar. Y volver.
Las pestañas se les agolpaban como respuesta al sueño que apretaba sus tuercas. Y el mecanismo entero se tambaleaba. A la sombra. Junto al puerto.

Pero latían, y tal vez por eso, sólo por eso, se desenchufaban, para comprobar que, sin corriente, como con ella, no dejarían de hacerlo.

7 ene. 2012

Seguir volando

El runrún de la lavadora se le metió por entre las pestañas, estuvo cerca del cortocircuito al entrar en contacto con el de su cabeza. La piel deshojada, rasgada, a un adiós de decir basta. Su vida en un barquito de papel, en aquellas aguas, ligeras, enredadas, furiosas. Y ella, a punto de nieve. El merengue amenazaba su entereza. Subrayaba sus abismos y limaba las esquinas de sus cuadrados dibujados por doquier. En el aire, en sus brazos y pies.

No tenía, ni quería, ni sabía si podía pero lo haría. Las cosas no vienen solas, solía creer, vienen con amigos. Y nunca lo hacen sin motivo. Siempre tienen alguno guardado en su manga. Aunque no lo digan,  aunque se tapen la boca, o se la dejen tapar. Y esta vez no sería la excepción. Saldría al escenario y trataría de dar las volteretas justas. Ese era el plan. Tramado hasta su último espacio, silencio y hasta esa parada cortita para reciferar y replanear ciertos puntos y seguido.

A ella no la iban a engañar. Otra vez. Y lo sabía. Él también lo sabía, pero siempre hay que probar. O eso solía creer.

En el encuentro no faltaron aquellos viejos fuegos artificiales. Ni sueños por venir. No faltaron silencios ni ruidos injustificados. Como aquel encuentro mismo.
Las miradas con casco y rodilleras desde el minuto cero, desde antes de saber que volverían a cruzarse ya habían mirado a otra parte por si acaso, por si en un descuido, les volvieran a enganchar. Su vida, en el barquito, a la deriva durante alrededor de 50 minutos. Los más largos de sus días. O eso le pareció.

Le pesaban los recuerdos, las palabras congeladas en cápsulas, una al día, ni una más. Los riesgos gélidos de su abrazo. Los miedos entrecortados con sus respiraciones. Rítmicas, absurdas, paradójicamente sincronizadas con las de él.

Decidió hacerse al mar y retomar su travesía con un kilo de menos en sus retinas y millones de razones para volar. Para seguir volando.

Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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