28 ago. 2011

Cuestión de espacio

No de tiempo.

Al diccionario que él le regaló le faltaban palabras para describir ese instante.
A ella le sobraban razones para no decir ni una palabra.

A él le faltaban días para irse. A su maleta le sobraban huecos para ella.
Él optó por llenarla de distancias. Incluso su conciencia tuvo que sentarse encima para cerrarla.

No hubo despedida.

Él le dijo que, obviamente, no le cabía en la maleta.
Ella seguía a dieta. De palabras.

Las cosas por decirse contenidas facturaron primero. Con exceso de equipaje, por supuesto.
Al llegar, su maleta se había perdido, y él sonreía.
Por su elección.

Ella sonreía. Porque con él lejos, las palabras del diccionario volvían a ser suficientes para desenvolverse, al menos de momento.

No volvió.

Ella se deshizo del diccionario a la larga. Pensó que habría a quién pudiera bastarle con eso.
A su estantería no le cabía tras su última adquisición.

22 ago. 2011

Colisiones estelares

Las yemas de sus dedos trazaban el camino a seguir. Camino que terminaba en otro y así sucesivamente, enredándoseles en el pelo. Los cruces de miradas en los pasos de peatón, sin semáforos, eran responsables de las colisiones estelares.
El cielo ardiendo, los ojos cerrados, y los metros de piel abandonados al recorrer de sus uñas, leves, imprevisibles.
Las baldosas frías, todas. El escenario, sin cortinas ni luces. Pero el público sí que no faltaba.
Ni aquel romper en aplausos sentidos
que agrietaba, aún más, el suelo.

Pitidos

Sus pitidos, a modo de respuesta, completamente descorazonadores y asépticos, todos, la dejaron sin voz.
Al otro lado del auricular sólo le quedaba un silencio invernal en el que buscar abrigo.
Por su cuenta.

21 ago. 2011

Auto-encierro voluntario

Cierro todas las ventanas y puertas para contener este momento. Ten cuidado al entrar.
Que no se nos vaya.

20 ago. 2011

Tiempo

El tiempo se ofendió y se paró del todo.
Ya no hace ni un 'tic'.

14 ago. 2011

Respirar

No apagues la luz. Que quiero seguir encendida toda la noche.
A tientas.

13 ago. 2011

Balcón con flores

La mano no estaba en el agua, estaba bajo la arena pero no se veía con esa capa translúcida de agua, de sal, arena, de algas y de luz del sol que chocaba y rebotaba directa a los ojos de los curiosos que se asomaran a mirar. La verdad ya no existía, tampoco el aire espeso, ni la mirada templada
de aquel momento pasado.

El presente era tan irónico a veces, que ni todo el verano grueso, lejos de aquella arena, ni un par de vidas bastaban para redactar una carta sin remitente que le instara a que revisara sus métodos, que cambiara sus planes. Por el bien de la salud mental de muchos. Y la estabilidad de otros tantos.
Iguales y diferentes a la vez.

El mundo y su redondez cuadriculada se atascaban y no pasaban por entre sus aros, por mucha fuerza que hiciera ella, por mucho que tratara de colarlo. Aguantaba la respiración a ver si así pasaban ambos, pero no podía ni iba a engañar a nadie, las misiones imposibles nunca fueron lo suyo. Lo fácil se le extinguía de sus días al ritmo de sonrisas pasajeras
de tácitos latidos.

Y por el camino se dejaba seducir por viandantes desconocidos, por el tercer balcón del edificio de enfrente que estaba muy bien cuidado, rebosante de flores, de colores distintos todas, de sol por las mañanas. Era el único, escondido, en el que sus ojos se posaban. Hacía suposiciones constantemente, consigo misma, sobre quién podía vivir allí
cómo serían sus manos.

Seguro que era alguien detallista, amante del buen gusto, de la vida, de lo que te mueve a correr cuando el gris vence y te atrapa en algún punto de la carrera... Justo lo que a veces no vemos pero necesitamos con tanta urgencia que nos colapsa la sangre y las venas se nos hacen trenzas. Y seguimos sin darnos cuenta hasta que nos cambia el color de la piel. Y nuestros pies, que parecen saber escuchar mejor que nosotros mismos, saben mejor que ninguna otra parte de nuestro cuerpo lo que queremos. Pero no les oímos, desde tan alto, seguramente por el ruido de la ciudad
que nos lo impide.

Seguro que era alguien con tiempo, o sin él pero que lo recolectaba celosamente, y lo guardaba como si fuera su más preciado tesoro, para cuidar cada una de aquellas plantas, brillantes, que hablaban todo el tiempo sobre el cielo y lo bien que se está al el fresco de la tarde en agosto
en Madrid.

La ciudad le absorbía hasta el punto en el que se encontraban todas las espirales que alguna vez fueron su hogar durante días, meses, y algunas de ellas, años. Todo era más o menos temporal. El caso es que era el propio epicentro de sus sueños. Y sin embargo todos ellos apuntaban fuera de sus límites. Su vía de escape y tal vez
su redención.

En aquel momento, sentía que pasaría una vida mirando hacia aquel balcón o desde él cómo la arena se puede encontrar en cualquier parte, cómo echar de menos es sólo una sensación superficial, y que lo de verdad, lo que te palpita entre los dedos no es más que ese momento presente, con su ironía y sus fallos, pero con todo eso que hace que día tras día seas quien eres. Y si estás, y no te vas, alguna buena razón habrá, aunque no la veas, aunque la piel se nos vuelva verde y las trenzas terminen por entrelazarse
entre ellas.

Quizás un balcón con flores nos sobraría para quedarnos
toda la vida.

3 ago. 2011

En los bolsos de las chicas nunca se encuentra nada

Rasgando sin querer, rasgué hasta el final el trocito de papel de fumar y no pudiste dar ni la primera calada. Y sin embargo, aquel sabor a tabaco era tan intenso que hasta lo pude sentir yo a lo largo y ancho de la boca. Del cielo sin estrellas de aquella ciudad con mar y viento. Era tan fuerte que pude sentirla dentro tan fuerte que no sabía distinguir ya espacio ni tiempo. Se me perdió por dentro la barrera que lo separaba todo, la geografía del colegio estaba tan escondida que no era capaz siquiera de trazar un boceto del que partir... Ni hacía falta. Necesitaba vivirlo así. Todo, que saliera sin salir, que me miraras, que me dijeras lo dicho sin decir.

Me perdí y encontré el mismo día, en tiempo récord, en aquella ciudad sin nombre tan cerca del mar que ni recuerdo hasta dónde me empapaba la piel. Y el pelo. Estaba tan sumergida que el sol no me llegaba. La luna sin embargo siempre fue más lista y elegía estrategias mejor estudiadas. Me bañé de lunas y esperé a dormir absteniéndome de todas mis ganas, para que la cama me pillara por sorpresa, como si fuera la primera vez. Y lo hizo. Y la deshice. Y nos hicimos las dos.

Pero el mar ya nos quedaba muy lejos.
Aunque las gaviotas no se me fueron de la cabeza. Aún me vuelan y sobrevuelan los tiempos y espacios, para que me sigan pasando desapercibidos, para que las cosas casuales se conviertan en norma y los momentos buenos se me adhieran a la piel sin intención de irse. Escapar ya no es la prioridad, eso ya lo he hecho demasiadas veces. Ahora mismo me toca morderlos, ponérmelos entre la ropa exterior y la interior. Sobre el maquillaje y bajo la crema hidratante. Para que vayan conmigo.
Que ya se sabe que en los bolsos de las chicas nunca se encuentra nada...


Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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