21 nov. 2010

Un roto para un descosido

Caminaba sin andar, reía sin abrir demasiado la boca, vivía sin estar (incluso a veces sin ser)... Bebía cerveza sin alcohol a solas, en la barra del bar más recóndito del pueblo más insospechado. Vivía en una ciudad, completamente absorbido por las masas. Y no le disgustaba. Tenía una rutina de tareas diarias que atormentaría a algunos. Le disgustaba en lo más hondo el sudor de su toalla en el gimnasio, casi más que las agujetas de después. Odiaba cuando llegaba antes a la estación y el autobús no estaba donde debía. Detestaba los cambios de última hora y la incertidumbre. Se creía una persona que no era hasta que un día fue al supermercado.

Necesitaba peras (a última hora) para una receta para la que había comprado todos los ingredientes con la suficiente antelación, pero olvidó las peras. Con muy pocas ganas y una cesta de esas con ruedas, se dispuso a buscarlas en aquel laberinto de estanterías repletas. Finalmente, peras en mano su tímida mirada se estrelló con unos desbocados ojos saltones. Marrones y verdes. Sonrientes y grandes. Enormes. Le intimidaron. Se dio la vuelta y continuó su ritual hacia la caja para pagar. Ella le siguió y se colocó justo detrás. Unas cuantos cruces de palabras y roces de dedos sin querer hicieron el resto y en unos minutos compartieron cocina, pastel y risas.

Ella era su antítesis. Bebía sin control, caminaba con paso firme y a zancadas, reía siempre a carcajadas y vivía al 100% cada uno de los segundos de su existencia. Desde el principio, y no concebía hacerlo de otra forma. Iba al gimnasio y el sudor le parecía lo más natural del mundo. Adoraba compartir cada una de las cosas que le sucedían con alguien. Eso le daba sentido muchas veces a los sin-sentidos de su día a día. A los dos les encantaba ver llover, bailar delante del espejo y cantar en la ducha. Aunque no lo hacían demasiado bien... Compartían mucha magia, ganas y química.

Poco después, a pesar de que habían logrado construir, como si de piezas de Lego se tratara, una cantidad de momentos difícil de enumerar y describir, cada uno decidió que por su cuenta le iría mejor. Y tomaron distintos rumbos.
El caso es que él ya no se acordaba de su él de antes y ella tampoco. Hasta que un día fueron a la librería.

3 comentarios:

  1. Si es que los libros dan mucho de sí :)

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  2. Precisamente me dispongo a ir al súper y, gracias a ti, entre sección y sección, inventaré una historia de amor diferente jajaja
    A mí también me encanta pasar por aquí, aunque no te comente siempre.
    Un abrazo!

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Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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