13 ago. 2011

Balcón con flores

La mano no estaba en el agua, estaba bajo la arena pero no se veía con esa capa translúcida de agua, de sal, arena, de algas y de luz del sol que chocaba y rebotaba directa a los ojos de los curiosos que se asomaran a mirar. La verdad ya no existía, tampoco el aire espeso, ni la mirada templada
de aquel momento pasado.

El presente era tan irónico a veces, que ni todo el verano grueso, lejos de aquella arena, ni un par de vidas bastaban para redactar una carta sin remitente que le instara a que revisara sus métodos, que cambiara sus planes. Por el bien de la salud mental de muchos. Y la estabilidad de otros tantos.
Iguales y diferentes a la vez.

El mundo y su redondez cuadriculada se atascaban y no pasaban por entre sus aros, por mucha fuerza que hiciera ella, por mucho que tratara de colarlo. Aguantaba la respiración a ver si así pasaban ambos, pero no podía ni iba a engañar a nadie, las misiones imposibles nunca fueron lo suyo. Lo fácil se le extinguía de sus días al ritmo de sonrisas pasajeras
de tácitos latidos.

Y por el camino se dejaba seducir por viandantes desconocidos, por el tercer balcón del edificio de enfrente que estaba muy bien cuidado, rebosante de flores, de colores distintos todas, de sol por las mañanas. Era el único, escondido, en el que sus ojos se posaban. Hacía suposiciones constantemente, consigo misma, sobre quién podía vivir allí
cómo serían sus manos.

Seguro que era alguien detallista, amante del buen gusto, de la vida, de lo que te mueve a correr cuando el gris vence y te atrapa en algún punto de la carrera... Justo lo que a veces no vemos pero necesitamos con tanta urgencia que nos colapsa la sangre y las venas se nos hacen trenzas. Y seguimos sin darnos cuenta hasta que nos cambia el color de la piel. Y nuestros pies, que parecen saber escuchar mejor que nosotros mismos, saben mejor que ninguna otra parte de nuestro cuerpo lo que queremos. Pero no les oímos, desde tan alto, seguramente por el ruido de la ciudad
que nos lo impide.

Seguro que era alguien con tiempo, o sin él pero que lo recolectaba celosamente, y lo guardaba como si fuera su más preciado tesoro, para cuidar cada una de aquellas plantas, brillantes, que hablaban todo el tiempo sobre el cielo y lo bien que se está al el fresco de la tarde en agosto
en Madrid.

La ciudad le absorbía hasta el punto en el que se encontraban todas las espirales que alguna vez fueron su hogar durante días, meses, y algunas de ellas, años. Todo era más o menos temporal. El caso es que era el propio epicentro de sus sueños. Y sin embargo todos ellos apuntaban fuera de sus límites. Su vía de escape y tal vez
su redención.

En aquel momento, sentía que pasaría una vida mirando hacia aquel balcón o desde él cómo la arena se puede encontrar en cualquier parte, cómo echar de menos es sólo una sensación superficial, y que lo de verdad, lo que te palpita entre los dedos no es más que ese momento presente, con su ironía y sus fallos, pero con todo eso que hace que día tras día seas quien eres. Y si estás, y no te vas, alguna buena razón habrá, aunque no la veas, aunque la piel se nos vuelva verde y las trenzas terminen por entrelazarse
entre ellas.

Quizás un balcón con flores nos sobraría para quedarnos
toda la vida.

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Esto es Absolutamente Genial.

Extracto de la película "El lado oscuro del corazón"

No te salves, Mario Benedetti
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